De nuevo mirando el reloj, eran las 2 de la madrugada y no conseguía conciliar el sueño, esta última semana estaba siendo muy dura.
Yo trabajaba de socorrista en la playa de Vanuatu, una isla remota del Océano Pacífico. En ese lugar las olas son muy salvajes y esta playa es utilizada sobretodo por surfistas profesionales, entre ellos se encontraban mis amigos.
Un día en el que el mar rugía con mucha fuerza, cerramos la playa debido al temporal, pero, algunos de estos amigos mios entraron sin pensárselo hacia la oportunidad de surfear las olas más grandes jamás vistas en Vanuatu. A medida que pasaba el tiempo, el mar se enfurecía más y más, ellos estaban en peligro, así que en una decisión suicida entré a intentar ayudarlos a salir, las corrientes que surcaban los primeros metros de agua eran muy fuertes y poco a poco me hicieron caso y fueron saliendo.
Cuando pensábamos que todos estábamos fuera, me di cuenta que faltaba Sarah, así que cogí las aletas y entré sin ni siquiera mirar dónde podía encontrarse (segundo error). Vagué durante 2 horas buscando y buscando, si no llega a ser por el chaleco salvavidas habría muerto ahogado, pero yo me salvé, volví a la orilla y cuando la tormenta pasó vimos llegar la tabla de Sarah, tenía el invento roto y ella se había perdido para siempre.
Ya no trabajo, ahora me pregunto... "¿Qué clase de socorrista puedo ser si no soy capaz de salvar a los que más me importan? Si no salvo a mis amigos, no podré salvar a nadie más."
Así que mis días transcurren lentos, en los que sigo entrenando cada día para intentar ser mejor socorrista, para intentar ayudar a la gente, pero aún no estoy preparado ... aún no.