Me llamo Silvia, tengo 35 años y vivo sola, apartada del mundo, la sociedad no me admite por culpa de una malformación de nacimiento.
Desde muy pequeña siempre se rieron de mí, me insultaban y nadie mostró afecto alguno hacia mí. Según pasaban los años fui siendo expulsada de los bares y cafés, más adelante de los mercados, y, finalmente me echaron del colegio. Nadie si quiera era capaz de enseñarme a leer ni escribir. Para ellos sólo era un despojo de la sociedad.
Un buen día decidí que era mi hora y me marché al río. Después de mucho pensar, me lancé, no sabía nadar así que en realidad me estaba suicidando. El agua no me dejaba respirar pero no me importaba, yo era feliz. Estaba quedándome plácidamente dormida.
Cuando abrí los ojos por última vez, vi una abertura en el fondo del curso de río y me dirigí como pude hacia ella. Parecía una puerta a otro mundo, la entrada era de un color amarillo muy vivo, me preguntaba cómo antes no fui capaz de verla con lo bien que se distinguía.
Crucé el umbral y me di cuenta de que ahí dentro podía respirar, no estaba bajo el agua, seguía viva, pñero las ganas de "irme" habían desaprecido.
Caminé por un pasillo amplio lleno de colorido, hasta un recibidor con espejors. Me miré y vi que seguía siendo deforme, lo cual me devolvió a la realidad. Pensé en huir antes de ser de nuevo rechazada, pero mientras pensaba qué hacer, me tocaron en la espalda.
- Disculpe señorita. Buenos días. Bienvenida al Reino Carrión, ¿acaba de llegar?
Yo aún no me lo creía, me miraba fijamente y hablaba conmigo, sin apartar su mirada debido a mi horrible rostro.
- Mmm, sí, acabo de llegar. Estaba en el río nadando - mentí - cuando encontré la entrada y vine aquí, ¿dónde estoy?
- Estamos en el Reino Carrión, donde todo el mundo es admitido. Para ver la entrada se ha de ser infeliz en el lugar del que se procede. Bien, entonces, sígame, le enseñaré un poco su nueva casa.
Me agarró del brazo y me llevó con él a ver el Reino Carrión, todo era precioso, la gente no se apartaba de mi lado como si fuese un monstruo, sino que me trataban como una más.
lunes, 22 de diciembre de 2008
martes, 16 de septiembre de 2008
Para mi Princesa
Esta historia comienza el día en el que paseando por la arena, me di cuenta de lo maravillosa que era la puesta de sol, fue cuando, tras quedarme varios minutos viendo como la tenue luz naranja iba ocultándose bajo el manto turquesa del mar, me acordé de la princesa que ocupaba todos mis pensamientos.
Su nombre importa más bien poco, su aspecto era el aspecto que debían mostrar los ángeles, era demasiado bella para mí, lo sé, pero igualmente a partir de ese momento supe que debía hablar con ella y decirle todo lo que sentía, ya que sino, no podría volver a mirarme al espejo, quedaría como el mayor cobarde de la historia.
Cogí el coche y marché hacia Palencia, lugar en el que mi princesita vivía, era una pequeña ciudad castellana, estaba en un valle gobernada por un gran cristo, segundo más grande del mundo, llamado "El Cristo del Otero". Este Cristo protegía la ciudad bajo su atenta mirada.
Llegué en tres horas, pues tenía mucha prisa. Cuando llegué eran las once de la noche y sabía dónde podía encontrarla. Todas las noches se reunía con sus amigas en su lugar preferido de Palencia, era un banco a la orilla de un gran lago, ese lugar era un lugar de paz y de armonía en el que discutir acerca de cualquier tema, teniendo al lado una gran superficie que ayudaba a que las malas vibraciones desapareciesen lentamente.
Aparqué el coche en un aparcamiento cercano al lago y comencé a caminar, al principio muy lentamente, pero apresurando el paso mientras me acercaba a ella, al final terminé corriendo mientras oía su dulce cantar, su voz era melodía para mis oídos, con una sola de sus sonrisas podía conmover al ser humano que quisiese y con una sola de sus miradas te enamoraba para siempre. Giré la última curva y ahí estaba, como había predicho, sonriendo junto a sus amigas con el gran lago al fondo.
Me acerqué lentamente, el corazón lo tenía en un puño y no sabía bien que iba a decirle exactamente, pero no podía seguir engañándome, ella era el amor de mi vida, así que me acerqué y rocé su cabello con mis manos, ella se giró y me mostró una de las sonrisas más bellas que he visto. Su mirada se cruzó levemente con la mía y entonces es cuando cogiéndola de la mano, le pedí que me acompañase hacia la orilla del lago que tenía que decirle uno de los secretos mejor guardados del mundo.
Avanzábamos despacio, a un ritmo muy acompasado, las ideas resonaban en todos y cada uno de los huecos de mi cabeza pero no conseguía enfocarlas para poder llamar su atención. Nos paramos y la criatura celestial que tenia ante mí comenzó a sonreírme y a mirarme, mi corazón no era capaz de parase y continuó latiendo con un ritmo frenético, pensé que iba a darme un paro cardíaco, pero en ese momento, las palabras salieron de mi boca como una fuente rebosante de agua, no me daba tiempo a pensar lo que estaba diciendo, sé que le dije que la quería, sé que dije todo lo que tenía que decir, pero no consigo recordar su respuesta.
Creo que me marché antes de que ella pudiese responder, alejándome de mi fracaso, o al menos eso pensé cuando huí de allí.
Los días seguían pasando y yo seguía evitando al amor de mi vida, no quería un "no" por respuesta y aunque no estaba seguro de que me rechazase, no podía dejar de pensar que ella me alejaría de su vida.
Un día en el que acudí a la orilla del lago para descansar de una estresante jornada, pude ver a sus amigas hablando y riendo como siempre, pero ella no estaba, sin querer me fui acercando y comencé a hablar con ellas como había otras muchas veces, entonces apareció de la nada, mi ángel llegó, su cara mostraba preocupación, no supe cómo, pero le mostré una sonrisa cómplice y ella se sentó a mi lado, se recostó y cerró los ojos. Parecía encontrarse en paz, ahora sus facciones eran mucho más suaves, uno de sus brazos rodearon mi cintura y yo terminé de protegerla pasando uno de mis brazos por detrás de su espalda y abrazándola con mucho cariño, sin mirarme, sonrió y se acurrucó.
Estuvimos hablando incluso después de que sus amigas abandonasen el refugio del lago, la verdad es que el amanecer nos pilló de sorpresa y nos retornó a la realidad, esa noche fue un sueño hecho realidad, al fin comprendí que ella también quería estar junto a mí.
Su nombre importa más bien poco, su aspecto era el aspecto que debían mostrar los ángeles, era demasiado bella para mí, lo sé, pero igualmente a partir de ese momento supe que debía hablar con ella y decirle todo lo que sentía, ya que sino, no podría volver a mirarme al espejo, quedaría como el mayor cobarde de la historia.
Cogí el coche y marché hacia Palencia, lugar en el que mi princesita vivía, era una pequeña ciudad castellana, estaba en un valle gobernada por un gran cristo, segundo más grande del mundo, llamado "El Cristo del Otero". Este Cristo protegía la ciudad bajo su atenta mirada.
Llegué en tres horas, pues tenía mucha prisa. Cuando llegué eran las once de la noche y sabía dónde podía encontrarla. Todas las noches se reunía con sus amigas en su lugar preferido de Palencia, era un banco a la orilla de un gran lago, ese lugar era un lugar de paz y de armonía en el que discutir acerca de cualquier tema, teniendo al lado una gran superficie que ayudaba a que las malas vibraciones desapareciesen lentamente.
Aparqué el coche en un aparcamiento cercano al lago y comencé a caminar, al principio muy lentamente, pero apresurando el paso mientras me acercaba a ella, al final terminé corriendo mientras oía su dulce cantar, su voz era melodía para mis oídos, con una sola de sus sonrisas podía conmover al ser humano que quisiese y con una sola de sus miradas te enamoraba para siempre. Giré la última curva y ahí estaba, como había predicho, sonriendo junto a sus amigas con el gran lago al fondo.
Me acerqué lentamente, el corazón lo tenía en un puño y no sabía bien que iba a decirle exactamente, pero no podía seguir engañándome, ella era el amor de mi vida, así que me acerqué y rocé su cabello con mis manos, ella se giró y me mostró una de las sonrisas más bellas que he visto. Su mirada se cruzó levemente con la mía y entonces es cuando cogiéndola de la mano, le pedí que me acompañase hacia la orilla del lago que tenía que decirle uno de los secretos mejor guardados del mundo.
Avanzábamos despacio, a un ritmo muy acompasado, las ideas resonaban en todos y cada uno de los huecos de mi cabeza pero no conseguía enfocarlas para poder llamar su atención. Nos paramos y la criatura celestial que tenia ante mí comenzó a sonreírme y a mirarme, mi corazón no era capaz de parase y continuó latiendo con un ritmo frenético, pensé que iba a darme un paro cardíaco, pero en ese momento, las palabras salieron de mi boca como una fuente rebosante de agua, no me daba tiempo a pensar lo que estaba diciendo, sé que le dije que la quería, sé que dije todo lo que tenía que decir, pero no consigo recordar su respuesta.
Creo que me marché antes de que ella pudiese responder, alejándome de mi fracaso, o al menos eso pensé cuando huí de allí.
Los días seguían pasando y yo seguía evitando al amor de mi vida, no quería un "no" por respuesta y aunque no estaba seguro de que me rechazase, no podía dejar de pensar que ella me alejaría de su vida.
Un día en el que acudí a la orilla del lago para descansar de una estresante jornada, pude ver a sus amigas hablando y riendo como siempre, pero ella no estaba, sin querer me fui acercando y comencé a hablar con ellas como había otras muchas veces, entonces apareció de la nada, mi ángel llegó, su cara mostraba preocupación, no supe cómo, pero le mostré una sonrisa cómplice y ella se sentó a mi lado, se recostó y cerró los ojos. Parecía encontrarse en paz, ahora sus facciones eran mucho más suaves, uno de sus brazos rodearon mi cintura y yo terminé de protegerla pasando uno de mis brazos por detrás de su espalda y abrazándola con mucho cariño, sin mirarme, sonrió y se acurrucó.
Estuvimos hablando incluso después de que sus amigas abandonasen el refugio del lago, la verdad es que el amanecer nos pilló de sorpresa y nos retornó a la realidad, esa noche fue un sueño hecho realidad, al fin comprendí que ella también quería estar junto a mí.
jueves, 11 de septiembre de 2008
El amor y mi felicidad
- Última sonrisa y acabamos. Gracias, buen trabajo.
- Al fin, - pensaba mientras me cambiaba - hoy ha sido un duro día de trabajo, esto de que me estén haciendo fotos para las marcas de moda y para promocionar ropa es agotador, menos mal que por esta semana he terminado...
Salí al exterior del estudio, era diciembre y las primeras nieves habían dejado una capa blanca sobre toda la acera, menos mal que no era hielo y se podía andar sobre ella, el camino desde el estudio hasta mi casa eran excasos 15 minutos andando, pero hoy tenía ganas de caminar, así que decidí dar un rodeo.
En la calle Fister, giré a la izquierda y continué caminando, a lo lejos había un parque, al principio parecía desierto, pero cuando me acerqué me di cuenta de lo equivocada que estaba, muchos niños habían decidido bajar a jugar con la nieve, había risas, bolas de nieve, muñecos, y sobretodo mucha felicidad... Yo mientras tanto seguía escuchando música depresiva como "Unchained Melody" de la banda sonora de "El bar Coyote". Con esta música me daba cuenta de la soledad que tenía en ese momento, a mi alrededor todo era felicidad y yo no me sentía para nada feliz, bajé la cabeza y proseguí mi camino.
Volví a girar en la Avenida de las Horas, llamada así porque es donde se encontraba el mayor número de relojerías de toda la ciudad, por motivos navideños, muchos de los escaparates estaban decorados con "Reyes Magos", "Papás Noeles" y muchas otras cosas. Al final de la calle un gran Reloj llamado El Reloj Maravilla o "La casucha" más vulgarmente, era una casita de madera en la que se instaló un reloj como tejado y cuando daba las horas se levantaba y salía un gran cuco hacia arriba por el hueco que había dejado el reloj.
Al lado de la casucha se habían instalado unos jóvenes con unas botellas de alcohol, bebían y se mostraban satisfechos de ello, alguno que ya iba con alguna copa de más empezaba la guerra de bolas de nieve, al cabo de unos segundos, eso se convirtió en una batalla campal de la cual escapé con algunos golpes, pero sin lastimarme realmente, lo que tenía mal de verdad seguía siendo mi corazón.
Hace tiempo, cuando era pequeña, mi madre me dijo que si tenía problemas debía ir a un lugar donde hubiese agua, así mis problemas se irían con la corriente, ya fuesen las olas del mar, o los rápidos de un río. Siguiendo los consejos de mi madre, me acerqué al Puente Mayor. Me acerqué poco a poco hasta la orilla y me asomé con cuidado, el arambol estaba helado, pero mis guantes me protegían, por el río casi congelado, bajaban trozos grandes de hielo con lentitud, con la misma lentitud con la que mi corazón se estaba despedazando.
No sé el tiempo que pasé ahí asomada, pero cuando recobré el control de mi cuerpo me di cuenta de que Edu estaba al lado, mirándome atentamente, tenía la cara contrariada, como si hubiese visto un fantasma, pero me seguía mirando fíjamente, con un suave gesto de su mano, rozó la mía y entonces fue cuando me habló, hacía mucho que quería oír esas palabras y sonaron como el primer día cuando me las susurró al oído.
- Te quiero
Mi corazón de repente volvía a estar unido, ¿por qué con tan sólo decirme "te quiero" vuelvo a estar feliz? ¿Por qué si era tan fácil ha tenido que pasar tanto tiempo hasta que me lo dijera? Estaba confusa, mi corazón se estaba sanando por momentos, como el glaciar crece en la época más dura del invierno, mi corazón volvía a latir con fuerza, volvía a sentir el calor del amor en mi interior, ya no necesitaba los guantes, ya no tenía frío y ya no me sentía sola, ahora quería tirar bolas de nieve contra todo el mundo, quería hacer un muñeco, un ángel de nieve, quería volver a disfrutar.
Edu y yo volvimos de la mano al parque y jugamos hasta el anochecer con los niños, hicimos todo lo que ansiaba ahora que era feliz de nuevo y con la luz de la luna, volvió a besarme, entonces, por primera vez en mucho tiempo, lloré de alegría y jamás me separé de él.
- Al fin, - pensaba mientras me cambiaba - hoy ha sido un duro día de trabajo, esto de que me estén haciendo fotos para las marcas de moda y para promocionar ropa es agotador, menos mal que por esta semana he terminado...
Salí al exterior del estudio, era diciembre y las primeras nieves habían dejado una capa blanca sobre toda la acera, menos mal que no era hielo y se podía andar sobre ella, el camino desde el estudio hasta mi casa eran excasos 15 minutos andando, pero hoy tenía ganas de caminar, así que decidí dar un rodeo.
En la calle Fister, giré a la izquierda y continué caminando, a lo lejos había un parque, al principio parecía desierto, pero cuando me acerqué me di cuenta de lo equivocada que estaba, muchos niños habían decidido bajar a jugar con la nieve, había risas, bolas de nieve, muñecos, y sobretodo mucha felicidad... Yo mientras tanto seguía escuchando música depresiva como "Unchained Melody" de la banda sonora de "El bar Coyote". Con esta música me daba cuenta de la soledad que tenía en ese momento, a mi alrededor todo era felicidad y yo no me sentía para nada feliz, bajé la cabeza y proseguí mi camino.
Volví a girar en la Avenida de las Horas, llamada así porque es donde se encontraba el mayor número de relojerías de toda la ciudad, por motivos navideños, muchos de los escaparates estaban decorados con "Reyes Magos", "Papás Noeles" y muchas otras cosas. Al final de la calle un gran Reloj llamado El Reloj Maravilla o "La casucha" más vulgarmente, era una casita de madera en la que se instaló un reloj como tejado y cuando daba las horas se levantaba y salía un gran cuco hacia arriba por el hueco que había dejado el reloj.
Al lado de la casucha se habían instalado unos jóvenes con unas botellas de alcohol, bebían y se mostraban satisfechos de ello, alguno que ya iba con alguna copa de más empezaba la guerra de bolas de nieve, al cabo de unos segundos, eso se convirtió en una batalla campal de la cual escapé con algunos golpes, pero sin lastimarme realmente, lo que tenía mal de verdad seguía siendo mi corazón.
Hace tiempo, cuando era pequeña, mi madre me dijo que si tenía problemas debía ir a un lugar donde hubiese agua, así mis problemas se irían con la corriente, ya fuesen las olas del mar, o los rápidos de un río. Siguiendo los consejos de mi madre, me acerqué al Puente Mayor. Me acerqué poco a poco hasta la orilla y me asomé con cuidado, el arambol estaba helado, pero mis guantes me protegían, por el río casi congelado, bajaban trozos grandes de hielo con lentitud, con la misma lentitud con la que mi corazón se estaba despedazando.
No sé el tiempo que pasé ahí asomada, pero cuando recobré el control de mi cuerpo me di cuenta de que Edu estaba al lado, mirándome atentamente, tenía la cara contrariada, como si hubiese visto un fantasma, pero me seguía mirando fíjamente, con un suave gesto de su mano, rozó la mía y entonces fue cuando me habló, hacía mucho que quería oír esas palabras y sonaron como el primer día cuando me las susurró al oído.
- Te quiero
Mi corazón de repente volvía a estar unido, ¿por qué con tan sólo decirme "te quiero" vuelvo a estar feliz? ¿Por qué si era tan fácil ha tenido que pasar tanto tiempo hasta que me lo dijera? Estaba confusa, mi corazón se estaba sanando por momentos, como el glaciar crece en la época más dura del invierno, mi corazón volvía a latir con fuerza, volvía a sentir el calor del amor en mi interior, ya no necesitaba los guantes, ya no tenía frío y ya no me sentía sola, ahora quería tirar bolas de nieve contra todo el mundo, quería hacer un muñeco, un ángel de nieve, quería volver a disfrutar.
Edu y yo volvimos de la mano al parque y jugamos hasta el anochecer con los niños, hicimos todo lo que ansiaba ahora que era feliz de nuevo y con la luz de la luna, volvió a besarme, entonces, por primera vez en mucho tiempo, lloré de alegría y jamás me separé de él.
Buceando en la Gran Barrera de Coral
- Paula, ¿estás lista?
Con estas palabras me despertaba el profesor Hussel, ya habíamos llegado a la Gran Barrera de Coral de Australia...
- Guau!!! Esto es alucinante, Profesor Hussel, ¿de verdad que vamos a poder bucear en este paraje?
Mi cara estaba desencajada de lo contenta y sorprendida que estaba en esos momentos, desde encima de la lancha, lo único que veía era una gran "pequeña muralla" verde con zonas blancas que se erguía intentando llegar a la superficie, intentando alcanzar la superficie de un mar cristalino, de un agua azul tan clara que se podían ver a los peces payaso mientras huían a esconderse en su pequeña anémona, o como las tortugas parecen no inmutarse de nuestra presencia y siguen su camino por debajo de nuestra lancha.
- Bien, ahora os explicaré cómo vamos a realizar estas inmersiones - el Profesor Hussel comenzaba su explicación mientras no podía dejar de mirar el precioso zafiro en el que se había convertido el mar - ¿lo habéis entendido?
Vaya, otra vez que me he perdido lo que ha dicho el Profesor, la verdad es que no sé cómo me ha podido elegir, si sabe que pierdo la concentración fácilmente con cosas tan maravillosas como ésta.
Comenzamos la inmersión, íbamos de parejas para que no hubiese ningún accidente, me tocó ir con Edward, era un chico majo, pero tampoco había tenido la posibilidad de conocerlo más profundamente.
Durante la inmersión vimos una cantidad de especies inimaginable, a pesar de que el coral se estaba muriendo, de ahí sus partes blancas, debido a la contaminación, pero en sus partes aún fértiles, florecían las anémonas, pólipos,... miles de peces coralinos de colores nadaban a nuestro alrededor como si una música invisible guiase sus danzas, un pez payaso se quedó un buen rato junto a mis gafas, intentando averiguar quién era esa extraña criatura que había invadido su espacio, era de un color rojo vivo, con la cantidad de luz que entraba en el agua a las 12 de la mañana, se podía ver al pececito brillar con todo su explendor, cuando se cercioró de que no era una amenaza se marchó.
El resto del día conseguí sacar fotos gracias al estuche de mi cámara, que la hacía impermeable al agua, siempre me ha gustado sacar fotos y así tener mis recuerdos no sólo grabados en mi memoria, sino también en la cámara de fotos, en el ordenador o impresas en papel fotográfico.
Cuando nos íbamos a ir, nos pasó rozando un tiburón de puntas blancas, jamás pensé que un tiburón dejase una sensación de paz, era bello, las puntas de sus aletas eran blancas como el ágata blanca, o como el mármol, el resto de su cuerpo era largo y estrecho.
Cuando llegué a casa, telefoneé a mis padres, estaba claro, me había enamorado del arrecife y allí estaría mi residencia, al menos, por el momento.
Con estas palabras me despertaba el profesor Hussel, ya habíamos llegado a la Gran Barrera de Coral de Australia...
- Guau!!! Esto es alucinante, Profesor Hussel, ¿de verdad que vamos a poder bucear en este paraje?
Mi cara estaba desencajada de lo contenta y sorprendida que estaba en esos momentos, desde encima de la lancha, lo único que veía era una gran "pequeña muralla" verde con zonas blancas que se erguía intentando llegar a la superficie, intentando alcanzar la superficie de un mar cristalino, de un agua azul tan clara que se podían ver a los peces payaso mientras huían a esconderse en su pequeña anémona, o como las tortugas parecen no inmutarse de nuestra presencia y siguen su camino por debajo de nuestra lancha.
- Bien, ahora os explicaré cómo vamos a realizar estas inmersiones - el Profesor Hussel comenzaba su explicación mientras no podía dejar de mirar el precioso zafiro en el que se había convertido el mar - ¿lo habéis entendido?
Vaya, otra vez que me he perdido lo que ha dicho el Profesor, la verdad es que no sé cómo me ha podido elegir, si sabe que pierdo la concentración fácilmente con cosas tan maravillosas como ésta.
Comenzamos la inmersión, íbamos de parejas para que no hubiese ningún accidente, me tocó ir con Edward, era un chico majo, pero tampoco había tenido la posibilidad de conocerlo más profundamente.
Durante la inmersión vimos una cantidad de especies inimaginable, a pesar de que el coral se estaba muriendo, de ahí sus partes blancas, debido a la contaminación, pero en sus partes aún fértiles, florecían las anémonas, pólipos,... miles de peces coralinos de colores nadaban a nuestro alrededor como si una música invisible guiase sus danzas, un pez payaso se quedó un buen rato junto a mis gafas, intentando averiguar quién era esa extraña criatura que había invadido su espacio, era de un color rojo vivo, con la cantidad de luz que entraba en el agua a las 12 de la mañana, se podía ver al pececito brillar con todo su explendor, cuando se cercioró de que no era una amenaza se marchó.
El resto del día conseguí sacar fotos gracias al estuche de mi cámara, que la hacía impermeable al agua, siempre me ha gustado sacar fotos y así tener mis recuerdos no sólo grabados en mi memoria, sino también en la cámara de fotos, en el ordenador o impresas en papel fotográfico.
Cuando nos íbamos a ir, nos pasó rozando un tiburón de puntas blancas, jamás pensé que un tiburón dejase una sensación de paz, era bello, las puntas de sus aletas eran blancas como el ágata blanca, o como el mármol, el resto de su cuerpo era largo y estrecho.
Cuando llegué a casa, telefoneé a mis padres, estaba claro, me había enamorado del arrecife y allí estaría mi residencia, al menos, por el momento.
sábado, 23 de agosto de 2008
El socorrista
De nuevo mirando el reloj, eran las 2 de la madrugada y no conseguía conciliar el sueño, esta última semana estaba siendo muy dura.
Yo trabajaba de socorrista en la playa de Vanuatu, una isla remota del Océano Pacífico. En ese lugar las olas son muy salvajes y esta playa es utilizada sobretodo por surfistas profesionales, entre ellos se encontraban mis amigos.
Un día en el que el mar rugía con mucha fuerza, cerramos la playa debido al temporal, pero, algunos de estos amigos mios entraron sin pensárselo hacia la oportunidad de surfear las olas más grandes jamás vistas en Vanuatu. A medida que pasaba el tiempo, el mar se enfurecía más y más, ellos estaban en peligro, así que en una decisión suicida entré a intentar ayudarlos a salir, las corrientes que surcaban los primeros metros de agua eran muy fuertes y poco a poco me hicieron caso y fueron saliendo.
Cuando pensábamos que todos estábamos fuera, me di cuenta que faltaba Sarah, así que cogí las aletas y entré sin ni siquiera mirar dónde podía encontrarse (segundo error). Vagué durante 2 horas buscando y buscando, si no llega a ser por el chaleco salvavidas habría muerto ahogado, pero yo me salvé, volví a la orilla y cuando la tormenta pasó vimos llegar la tabla de Sarah, tenía el invento roto y ella se había perdido para siempre.
Ya no trabajo, ahora me pregunto... "¿Qué clase de socorrista puedo ser si no soy capaz de salvar a los que más me importan? Si no salvo a mis amigos, no podré salvar a nadie más."
Así que mis días transcurren lentos, en los que sigo entrenando cada día para intentar ser mejor socorrista, para intentar ayudar a la gente, pero aún no estoy preparado ... aún no.
Yo trabajaba de socorrista en la playa de Vanuatu, una isla remota del Océano Pacífico. En ese lugar las olas son muy salvajes y esta playa es utilizada sobretodo por surfistas profesionales, entre ellos se encontraban mis amigos.
Un día en el que el mar rugía con mucha fuerza, cerramos la playa debido al temporal, pero, algunos de estos amigos mios entraron sin pensárselo hacia la oportunidad de surfear las olas más grandes jamás vistas en Vanuatu. A medida que pasaba el tiempo, el mar se enfurecía más y más, ellos estaban en peligro, así que en una decisión suicida entré a intentar ayudarlos a salir, las corrientes que surcaban los primeros metros de agua eran muy fuertes y poco a poco me hicieron caso y fueron saliendo.
Cuando pensábamos que todos estábamos fuera, me di cuenta que faltaba Sarah, así que cogí las aletas y entré sin ni siquiera mirar dónde podía encontrarse (segundo error). Vagué durante 2 horas buscando y buscando, si no llega a ser por el chaleco salvavidas habría muerto ahogado, pero yo me salvé, volví a la orilla y cuando la tormenta pasó vimos llegar la tabla de Sarah, tenía el invento roto y ella se había perdido para siempre.
Ya no trabajo, ahora me pregunto... "¿Qué clase de socorrista puedo ser si no soy capaz de salvar a los que más me importan? Si no salvo a mis amigos, no podré salvar a nadie más."
Así que mis días transcurren lentos, en los que sigo entrenando cada día para intentar ser mejor socorrista, para intentar ayudar a la gente, pero aún no estoy preparado ... aún no.
jueves, 5 de junio de 2008
Vivir en Soledad
Sentado en la hamaca, las gotas de lluvia golpeaban el porche, el reflejo de la luna aún tornaba de azul las frías aguas del lago, era una noche preciosa, pero tú no estabas junto a mí.
Hubo un tiempo en el que disfrutábamos unidos de la mano, tumbados sobre el suelo de madera de nuestra pequeña casa de campo, unas veces contábamos estrellas, otras las formas de las nubes, y otras simplemente disfrutábamos de nuestra compañía.
Mi vida se ha tornado grisacea, las estrellas y la Luna ya no brillan, son reflejos que ni siquiera alcanzan para alumbrar mi alma, el Sol cada mañana sale despertándome del único lugar en el que aún puedo verte, en el único momento en el que aún estoy a tu lado. ¡Maldito Sol! Me desprende de los únicos instantes junto a ti.
Antes pasaban días, luego meses, ahora pasan años y sigo pensando en ti, sigo acostándome cada noche acaricianzo la almohada vacía, hablándote hasta quedar dormido, pero tú sigues sin estar a mi lado.
Cuando me preguntan si estoy bien, que si ya lo he superado, he de decir que sí, pero en el fondo de mi ser, en lo más profundo de mi corazón sigues estando tú, sigue estando tu fragancia, siguen estando tus palabras, siguen estando tus besos, pero sobretodo, sigue estando tu amor, aquel amor que perdí hace tiempo, aquel amor que jamás recuperaré, aquel amor que tantas alegrías y llantos me produjo. Aquel amor... que ya desapareció.
Hubo un tiempo en el que disfrutábamos unidos de la mano, tumbados sobre el suelo de madera de nuestra pequeña casa de campo, unas veces contábamos estrellas, otras las formas de las nubes, y otras simplemente disfrutábamos de nuestra compañía.
Mi vida se ha tornado grisacea, las estrellas y la Luna ya no brillan, son reflejos que ni siquiera alcanzan para alumbrar mi alma, el Sol cada mañana sale despertándome del único lugar en el que aún puedo verte, en el único momento en el que aún estoy a tu lado. ¡Maldito Sol! Me desprende de los únicos instantes junto a ti.
Antes pasaban días, luego meses, ahora pasan años y sigo pensando en ti, sigo acostándome cada noche acaricianzo la almohada vacía, hablándote hasta quedar dormido, pero tú sigues sin estar a mi lado.
Cuando me preguntan si estoy bien, que si ya lo he superado, he de decir que sí, pero en el fondo de mi ser, en lo más profundo de mi corazón sigues estando tú, sigue estando tu fragancia, siguen estando tus palabras, siguen estando tus besos, pero sobretodo, sigue estando tu amor, aquel amor que perdí hace tiempo, aquel amor que jamás recuperaré, aquel amor que tantas alegrías y llantos me produjo. Aquel amor... que ya desapareció.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)