jueves, 11 de septiembre de 2008

El amor y mi felicidad

- Última sonrisa y acabamos. Gracias, buen trabajo.

- Al fin, - pensaba mientras me cambiaba - hoy ha sido un duro día de trabajo, esto de que me estén haciendo fotos para las marcas de moda y para promocionar ropa es agotador, menos mal que por esta semana he terminado...

Salí al exterior del estudio, era diciembre y las primeras nieves habían dejado una capa blanca sobre toda la acera, menos mal que no era hielo y se podía andar sobre ella, el camino desde el estudio hasta mi casa eran excasos 15 minutos andando, pero hoy tenía ganas de caminar, así que decidí dar un rodeo.

En la calle Fister, giré a la izquierda y continué caminando, a lo lejos había un parque, al principio parecía desierto, pero cuando me acerqué me di cuenta de lo equivocada que estaba, muchos niños habían decidido bajar a jugar con la nieve, había risas, bolas de nieve, muñecos, y sobretodo mucha felicidad... Yo mientras tanto seguía escuchando música depresiva como "Unchained Melody" de la banda sonora de "El bar Coyote". Con esta música me daba cuenta de la soledad que tenía en ese momento, a mi alrededor todo era felicidad y yo no me sentía para nada feliz, bajé la cabeza y proseguí mi camino.

Volví a girar en la Avenida de las Horas, llamada así porque es donde se encontraba el mayor número de relojerías de toda la ciudad, por motivos navideños, muchos de los escaparates estaban decorados con "Reyes Magos", "Papás Noeles" y muchas otras cosas. Al final de la calle un gran Reloj llamado El Reloj Maravilla o "La casucha" más vulgarmente, era una casita de madera en la que se instaló un reloj como tejado y cuando daba las horas se levantaba y salía un gran cuco hacia arriba por el hueco que había dejado el reloj.

Al lado de la casucha se habían instalado unos jóvenes con unas botellas de alcohol, bebían y se mostraban satisfechos de ello, alguno que ya iba con alguna copa de más empezaba la guerra de bolas de nieve, al cabo de unos segundos, eso se convirtió en una batalla campal de la cual escapé con algunos golpes, pero sin lastimarme realmente, lo que tenía mal de verdad seguía siendo mi corazón.

Hace tiempo, cuando era pequeña, mi madre me dijo que si tenía problemas debía ir a un lugar donde hubiese agua, así mis problemas se irían con la corriente, ya fuesen las olas del mar, o los rápidos de un río. Siguiendo los consejos de mi madre, me acerqué al Puente Mayor. Me acerqué poco a poco hasta la orilla y me asomé con cuidado, el arambol estaba helado, pero mis guantes me protegían, por el río casi congelado, bajaban trozos grandes de hielo con lentitud, con la misma lentitud con la que mi corazón se estaba despedazando.

No sé el tiempo que pasé ahí asomada, pero cuando recobré el control de mi cuerpo me di cuenta de que Edu estaba al lado, mirándome atentamente, tenía la cara contrariada, como si hubiese visto un fantasma, pero me seguía mirando fíjamente, con un suave gesto de su mano, rozó la mía y entonces fue cuando me habló, hacía mucho que quería oír esas palabras y sonaron como el primer día cuando me las susurró al oído.

- Te quiero

Mi corazón de repente volvía a estar unido, ¿por qué con tan sólo decirme "te quiero" vuelvo a estar feliz? ¿Por qué si era tan fácil ha tenido que pasar tanto tiempo hasta que me lo dijera? Estaba confusa, mi corazón se estaba sanando por momentos, como el glaciar crece en la época más dura del invierno, mi corazón volvía a latir con fuerza, volvía a sentir el calor del amor en mi interior, ya no necesitaba los guantes, ya no tenía frío y ya no me sentía sola, ahora quería tirar bolas de nieve contra todo el mundo, quería hacer un muñeco, un ángel de nieve, quería volver a disfrutar.

Edu y yo volvimos de la mano al parque y jugamos hasta el anochecer con los niños, hicimos todo lo que ansiaba ahora que era feliz de nuevo y con la luz de la luna, volvió a besarme, entonces, por primera vez en mucho tiempo, lloré de alegría y jamás me separé de él.

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