miércoles, 22 de agosto de 2007

Mensaje en una botella

Mi nombre es Agustín, o al menos así me llamaban hace ya muchos años. Mi vida ha estado llena de felicidad, tristeza, ilusiones, en definitiva, completa de emociones. Nací en una pequeña ciudad cercana al mar, por eso siempre me gustó. Me crié ahí hasta la universidad y terminé viviendo en un pequeño pueblo de pescadores, donde conocí a Marina, la mujer con la que tuve a mi hijo, la mujer de la que me enamoré. Mis padres siempre me educaron perfectamente, no tengo ninguna queja de ellos, es más, les estaré eternamente agradecido.

No me quejo de la vida que me ha tocado, alguien no se equivocó demasiado cuando giró la rueda de la fortuna y apareció mi nombre. Seguro que hay gente que ha tenido peor suerte que yo, al menos, puedo presumir de haber cumplido Las Tres Esenciales de la vida: Escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol. Mi libro fue publicado hace mucho, se titula Historias de pescadores, el nogal que planté en el monte sigue creciendo imparable hacia el cielo azul y mi hijo... mi hijo es muy feliz, con saber eso, es suficiente.

Hace mucho que aparté a mi pequeño de mi lado, sin ni siquiera una nota. Pero fue hace mucho, en el pequeño pueblo de pescadores disfruté de los mejores años de mi vida, pero todo se truncó cuando Marina decidió que lo nuestro se acabó, aunque vivíamos aún juntos. Unas semanas más tarde y sin avisar, abandoné a mi familia sin dejar ninguna nota de dónde me iba y embarqué en un pequeño bote. Me fui mar adentro, tras dar varias vueltas alrededor del puerto, el bote era muy pequeño y no podía salir a mar adentro realmente, divisé una cueva que se convirtió en mi nuevo hogar. Para la gente que me conocía yo había muerto, ya que me vieron salir del puerto con el bote, pero nunca me vieron regresar.

He vivido estos años apartado del mundo, tan sólo regresaba para visitar a mi hijo sin que él lo supiese. Su madre rehizo su vida, aunque va cada semana al muelle y habla con el mar, aunque en realidad se dirige a mí, dice que no me olvida, que nuestro hijo se ha convertido en abogado, cuenta detalles de su trabajo o de esa semana, recuerda detalles como nuestro primer día, en el que le llevé el desayuno a la cama. Ella nunca sospechó que yo estaba todas las noches que iba, escuchando desde abajo del muelle y yo nunca me atrevía a contestar, supongo que era mejor así.

Ahora escribo estas letras que enviaré en una pequeña botella de cristal de agua hacia el puerto, ojalá mi familia pueda leerlo y pueda perdonarme no sólo por abandonarlos, sino por tenerlos engañados todo este tiempo.

Quiero enviar un fuerte beso a mi hijo, del que estoy orgulloso y otro beso para mi mujer, ojalá podáis perdonarme y recordarme como una persona feliz y amable.

Ahora me gustaría volver a vivir con los vivos, ahora sí.

Demasiado tarde, viejo.

lunes, 20 de agosto de 2007

La carta

Una vez en casa, volvió a leer la carta entre las sombras de la noche, comprendiendo que ya no podría volver a estar junto a ella. Pero ella y él quedaron en ser amigos y hablar y quedar algún otro día.

Tiempo adelante, quedaron y disfrutaron de un día perfecto en el que no faltó de nada, ni siquiera esos besos que tanto les gustaba darse.

El amor que les unió una vez, ahora los separaba para siempre. Él no fue capaz de dejarlo pasar, de permitir al tiempo hacer su trabajo, no quería perder a esa chica para siempre, sin embargo un día, se dio cuenta y dejó de llamar, no más contacto, de ningún tipo.

Al fin ella pudo disfrutar de una libertad hasta entonces robada, pudo vivir sin temor a una llamada, una carta, algo que, aun siendo especial para ella (él siempre será muy especial), le daba pinchazos en el corazón.

Él por su parte, aprendió a vivir con la sensación de haber dejado la posibilidad de estar con quien, para él y sólo para él, se convirtió en su día en la mujer que todos desean, o como se dice popularmente, "la mujer de su vida".

Ahora todo es tan sólo un lejano recuerdo en el que ambos se refugian alguna vez para no olvidarse, no hubo nunca mayor contacto, ni siquiera intentaron volver a tomar un café. Hasta que un día...

martes, 14 de agosto de 2007

La enorme roca

Al fin, este viaje ha merecido la pena. Esta vista es magnífica - Edu estaba ensimismado observando cómo las olas atizaban a las rocas. Desde su posición, estaba a salvo de la fuerza que tenía el mar ese día de tormenta.

Se encontraba en la cima del precipicio, mirando hacia abajo, hacia el mar. Éste golpeaba fuertemente la pared de la montaña, parecía enfadado y que con su cólera insaciable, quisiera arrancar la montaña del suelo y llevársela consigo.

El viaje de Edu había comenzado para celebrar su graduación en la universidad. Marchó junto con unos amigos a Laredo, un pueblo de Cantabria cercano al País Vasco. Pero esa mañana, se había levantado temprano para subir a una montaña que desde niño admiraba. Preguntó y descubrió un camino hasta la cima. Una vez allí, se levantó un gran viento, que en el norte llaman Galerna, y Edu, en vez de regresar al camping, se quedó disfrutando del espectáculo que le brindaba el mar.

De repente oyó unas voces que parecían gritar su nombre.
- ¿Quiénes sois? ¿Dónde estáis? - preguntaba asustado Edu.
No hubo respuesta, al cabo de unos minutos, volvieron a llamarle, esta vez, las voces eran más cercanas. Alzó la vista y vislumbró una silueta en la falda de la montaña.
- ¿Qué quieres de mí? - Terminó por preguntar Edu.
- Has de bajar por mí, hasta encontrar una cueva, ayuda a mi hermano. - Dicho esto, la silueta no contestó a más preguntas.

La tormenta le azotaba el cuerpo, el viento era fuerte y no quería dejarle llegar hasta la cueva. La lluvia le había empapado toda su ropa, pero al final llegó.Una vez dentro, encontró una enorme roca en la que se podía leer "Mi nombre es Santiago, esta roca es mi tumba, querría volver con mi hermana Isabel, por favor, mueve la roca, libérame". Al lado de esta escritura, que era muy antigua, se podían leer "intentos" y junto a éstos, unos números. Edu contó 105 intentos. Cada uno con el nombre de la persona que lo intentaba.

La piedra era enorme y Edu sabía que no podría moverla, pero tenía que salvar al chico. Cogió un trozo de tiza que había por el suelo y escribió "Edu - 106" y empujó con fuera la roca.