Mi nombre es Agustín, o al menos así me llamaban hace ya muchos años. Mi vida ha estado llena de felicidad, tristeza, ilusiones, en definitiva, completa de emociones. Nací en una pequeña ciudad cercana al mar, por eso siempre me gustó. Me crié ahí hasta la universidad y terminé viviendo en un pequeño pueblo de pescadores, donde conocí a Marina, la mujer con la que tuve a mi hijo, la mujer de la que me enamoré. Mis padres siempre me educaron perfectamente, no tengo ninguna queja de ellos, es más, les estaré eternamente agradecido.
No me quejo de la vida que me ha tocado, alguien no se equivocó demasiado cuando giró la rueda de la fortuna y apareció mi nombre. Seguro que hay gente que ha tenido peor suerte que yo, al menos, puedo presumir de haber cumplido Las Tres Esenciales de la vida: Escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol. Mi libro fue publicado hace mucho, se titula Historias de pescadores, el nogal que planté en el monte sigue creciendo imparable hacia el cielo azul y mi hijo... mi hijo es muy feliz, con saber eso, es suficiente.
Hace mucho que aparté a mi pequeño de mi lado, sin ni siquiera una nota. Pero fue hace mucho, en el pequeño pueblo de pescadores disfruté de los mejores años de mi vida, pero todo se truncó cuando Marina decidió que lo nuestro se acabó, aunque vivíamos aún juntos. Unas semanas más tarde y sin avisar, abandoné a mi familia sin dejar ninguna nota de dónde me iba y embarqué en un pequeño bote. Me fui mar adentro, tras dar varias vueltas alrededor del puerto, el bote era muy pequeño y no podía salir a mar adentro realmente, divisé una cueva que se convirtió en mi nuevo hogar. Para la gente que me conocía yo había muerto, ya que me vieron salir del puerto con el bote, pero nunca me vieron regresar.
He vivido estos años apartado del mundo, tan sólo regresaba para visitar a mi hijo sin que él lo supiese. Su madre rehizo su vida, aunque va cada semana al muelle y habla con el mar, aunque en realidad se dirige a mí, dice que no me olvida, que nuestro hijo se ha convertido en abogado, cuenta detalles de su trabajo o de esa semana, recuerda detalles como nuestro primer día, en el que le llevé el desayuno a la cama. Ella nunca sospechó que yo estaba todas las noches que iba, escuchando desde abajo del muelle y yo nunca me atrevía a contestar, supongo que era mejor así.
Ahora escribo estas letras que enviaré en una pequeña botella de cristal de agua hacia el puerto, ojalá mi familia pueda leerlo y pueda perdonarme no sólo por abandonarlos, sino por tenerlos engañados todo este tiempo.
Quiero enviar un fuerte beso a mi hijo, del que estoy orgulloso y otro beso para mi mujer, ojalá podáis perdonarme y recordarme como una persona feliz y amable.
Ahora me gustaría volver a vivir con los vivos, ahora sí.
Demasiado tarde, viejo.