Salí del médico con malas noticias, me tenían que trasplantar porque si no podría morir, la operación era complicada y tenía mucho miedo. Llegué a casa y preparé la cena, tú llegabas cansada, así que decidí no contarte nada ese día. Cenamos, vimos un poco la tele y nos fuimos a dormir.
Miré el reloj, eran las 5 de la mañana. Seguías dormidita a mi lado, tus brazos me rodeaban y yo me sentía muy afortunado, tenía la vida perfecta y la perfección de esa vida, eras tú. Te miré fijamente, sonreí y me dormí.
Pasaban los días y cada noche seguía durmiéndome a tu lado, cada noche me abrazabas y me besabas antes de dormir, se te notaba feliz y yo no quería darte la mala noticia y destrozarte la feliz sonrisa con la que vivías cada día.
Se acercaba el momento de la operación y no sabía cómo decírtelo, te necesitaba más que nunca, pero no podía ni siquiera hablar contigo sin enfadarme por no saber cómo decirte lo mucho que ansiaba tu compañía y tu sonrisa. Cada vez hablábamos menos y tú querías marcharte de mi lado porque ya no te hacía sonreír, ya no eras feliz conmigo. Tenías la maleta preparada e ibas a decirme que te marchabas. Yo ese día llegaba del médico frustrado y triste con la noticia de saber la fecha exacta de la operación. Faltaba 1 mes.
Abría la puerta con desgana y saludé con un hilo de voz, debía decírtelo pero no sabía cómo hacerlo, no quería perderte. Caminé hasta el salón con los pies arrastrándose poco a poco, cruce el umbral de la puerta y te vi sentada en el sofá, te miré y tu cara estaba inexpresiva, con la mirada baja. Cuando conseguí saludarte, tú mirada se cruzó con la mía y tan sólo me pediste que me sentase a tu lado, teníamos que hablar.
La maleta estaba preparada en uno de los laterales del sofá, lejos para que yo no pudiese verla, tú estabas sentada en el sofá con la manta tapándote medio cuerpo.
– Tenemos que hablar – tu voz, dulce como la miel, sonaba distante. Yo me recosté en tus piernas y cogí tu brazo con el que me rodeé la cabeza y lo abracé con fuerza.
– ¿Qué te pasa? – Me preguntaste con voz cansada, yo, sabiendo que debía contestar, dije:
– Pues… (Titubeaba) Vengo del médico y (realmente estaba temblando, notaba cómo me temblaban las piernas y los brazos, tenía frío y sudaba). No he querido decírtelo antes porque no quería estropearte tu felicidad. Me tienen que operar en un mes (tú mantenías un silencio sepulcral así que decidí continuar hablando), perdón por no haberte hecho reír últimamente, he estado muy nervioso y no tenía fuerzas ni de hablar contigo y contártelo porque no quería hacerte sufrir. Pero te necesito a mi lado, necesito tu amor y sobretodo, tu cariño.
Noté cómo me abrazabas con fuerza, me levantaste la cabeza y con la manta tapaste la maleta para que nunca supiese que estuviste a punto de irte. Me cogiste la cabeza, me miraste fijamente durante un minuto, tus ojos estaban llenos de lágrimas, pero ya no se notaban distantes, sino que los sentía más cerca que nunca, te sentía más cerca que nunca. Acercaste tu boca a la mía y sin llegar a besarme…
– Te quiero cielo – Tras esas palabras, me besaste y me abrazaste con fuerza, desde ese momento supe que jamás podría vivir sin ti y que lucharía toda mi vida, por hacerte, sonreír.
Te conté lo del médico y supe que jamás volvería a sufrir.
Te conté lo del médico y supe que jamás volvería a sufrir.
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