Me desperté de repente en mitad de la noche, el desierto era inmenso y hacía mucho frío esta noche, ahí estaba nuestra expedición, en busca de de los restos de una antigua civilización olvidada y borrada de los libros de historia debido a su poderoso conocimiento y sus avances tecnológicos.
Me quedé mirando las estrellas mientras pensaba en ti, recordaba cuando nos quedábamos horas hablando a la luz de la luna sentados en el mismo banco del parque de al lado de tu casa. Pero lo que esa noche recordé fue un día en el que……
Estabas aturdida por unos exámenes que te habían salido mal, también estabas mal porque te sentías sola, se habían aprovechado de ti y no querías saber nada de nadie, pero fui hacia tu casa para intentar ayudarte, sin embargo, decidiste no bajar a verme, últimamente no querías verme, pero supuse que podría ayudarte, aunque me equivoqué.
Llovía a mares pero decidí quedarme debajo de tu casa, esperando poder ayudarte, esperando por si me pedías ayuda, para poder estar cerca de ti y prestarte la ayuda necesaria. Me estaba calando hasta los huesos y tú no dabas señales de vida, sólo podía vislumbrar la luz de tu habitación encendida. Me situé debajo de la ventana y volví a llamarte, pero el teléfono sonaba y sonaba y no me cogías, al cabo de 10 minutos volví a intentar hablar contigo, pero el teléfono estaba apagado, habías roto toda forma de comunicación, sin embargo, ahí me mantenía esperando a que mirases por la ventana y me vieses.
Estaba tiritando de frío, cada vez me estaba quedando más y más congelado, había empezado a nevar y yo, con las prisas de saber que te encontrabas mal, había salido de casa con un chándal y sin abrigo (la costumbre). Era una tortura soportable si era capaz de ayudarte, es cierto que ahora sólo eras una amiga y yo era sólo un extraño. Me había enterado de que estabas mal gracias a que me llamó una amiga tuya para contármelo, estaba preocupada por ti y sabía que yo haría cualquier cosa por ayudarte, aunque su nombre lo guardaré en el anonimato.
Era una estatua de hielo en mitad de un manto de nieve, la nieve había alcanzado una altura de 50cm, era una de las mayores nevadas que habían azotado nuestra ciudad. Ahí seguía parado mientras el Sol realizaba su aparición y yo casi no sentía mi cuerpo, mi mirada seguía fija en tu ventana, no se había apagado la luz en toda la noche, así que seguía esperando.
De repente un mensaje en mi móvil, saqué como pude el teléfono, con el movimiento, mis manos se resentían y me dolían con el contacto de mi bolsillo, tras varios intentos conseguí leer el mensaje: “Gracias por venir a ayudarme, por favor, vete y descansa”. Al final sabías que estaba abajo, tras leerlo, respeté tu decisión y tras contestarte al mensaje regresé a mi casa caminando despacio, ya eran las 12 de la mañana y los niños habían invadido las calles para jugar a tirarse bolas de nieve y a hacer muñecos.
Cuando llegué a casa, leí un mensaje de tu amiga que me había dejado en el ordenador: “Mi amiga está bien, sé que no quedó contigo, lo siento, me ha pedido que te recuerde que gracias a ti se mantuvo toda la noche, que te vio todo el rato esperándola y eso la ayudó a estar mejor, eres un buen amigo. Gracias por ayudarla tanto”.
Después de unos días sé que te recuperaste y rehiciste tu vida, eras feliz y ya no me necesitabas, tenías montones de amigos con los que poder compartir tu alegría, yo, desde lejos, veía lo bien que te iba y sonreía desde la distancia, se te veía muy feliz y eso era suficiente para mí. Entonces tuve que marchar a una expedición, sabía que serías feliz porque la gente que te quería estaba a tu lado y ya no me necesitarías nunca más. :-)
-“Ei, despierta, tenemos que continuar”. Me había quedado dormido pensando en ti y ahora tenía que continuar con la expedición.
No hay comentarios:
Publicar un comentario